Lo estábamos pasando fenomenal. Es verdad que el colegio estaba muy afectado, con agujeros de balas por todos lados, algunas paredes en ruinas, y el techo de muchas aulas desaparecido, pero teníamos en el espacioso patio dos porterías de fútbol, eso sí, algo descuadradas, pero ahí estaban, en pie, como objetivo prioritario de nuestro juego: meter el balón, ese balón que estaba medio desinflado, en el arco de gol.

Corríamos detrás del balón y de quien lo llevaba entre los pies. Sucios, con poca ropa y muy destrozada, y con unas zapatillas, algunas de marca conocida, pero no precisamente compradas en fechas recientes. A pesar de todo, éramos felices. Sería porque nos iluminaba algo, eso que nos daba ganas de vivir

El estruendo fue tremendo. Saltamos por los aires, y, de inmediato, se nos fue la luz. La nuestra, la de cada uno de nosotros, la que nos permitía jugar al fútbol en el patio de la escuela, volver a casa saltando entre las ruinas de una ciudad devastada, correr hacia el camión que traía el agua potable, o la ayuda humanitaria. Era terrible todo lo que nos rodeaba, pero teníamos luz, esa que en ese instante se apagó.

Cuando abrí los ojos, ocultos detrás de una gruesa capa de barro y polvo, miré alrededor y comprobé que estaba en un lugar desconocido. Allí estábamos todos, ¡qué alegría! Pero ¿dónde? No teníamos ni idea. Nos miramos unos a otros. Estábamos hechos un desastre, y durante un buen rato nos dedicamos a quitarnos el lodazal que llevábamos encima. Y empezamos a abrazarnos. No entendíamos nada, pero teníamos luz otra vez. No era la misma, pero esta nos permitía hablar, preguntar y sonreír ante la presencia del compañero de clase y de juegos. Eso sí, todo de forma atropellada. Y para mayor confusión, muchos llorábamos, e invocábamos a nuestros padres, hermanas y hermanos, algunos a gritos, como si nos fueran a oír.

Nos quedamos boquiabiertos cuando comprobamos que desde donde nos encontrábamos, podíamos ver el penoso estado en que había quedado nuestro patio. Desolador. Aterrador. Un enorme agujero, rodeado de escombros, regueros de agua por todos lados que se convertían en lagos de fango. Y allí estábamos nosotros, tendidos en el suelo, repartidos por todo el patio, inertes, a oscuras. Salvo alguno que quedó paralizado ante tal horror, los demás volvimos la cabeza para no ver el desastre.

Tratando de tranquilizarnos, nos sentamos. El lugar era apacible y había unos bancos de piedra junto a un estrecho camino de tierra. Empezamos a hablar. ¿Cuál podría ser el objetivo de quien arrojaba una bomba contra una escuela? ¿Nosotros, los más jóvenes, éramos la diana? Y comentamos que, si esto seguía así, lo que se iba a apagar definitivamente era el futuro de nuestro país. Porque en el horizonte de nuestra tierra nosotros teníamos que estar presentes. Ante esta lógica, algunos dijeron que algunos se convertirían en luchadores radicales, otros huirían a otros lugares, lejos del hambre y la muerte, y otros aguantarían con sus familias en su maltratada tierra. 

Alguien comentó que, seguro que habría otras muchas personas por allí, incluso niños como nosotros, y que a lo mejor llevaban mucho más tiempo que nosotros en ese lugar. Habría que encontrarlas y preguntarlas si pensaban que se podría hacer algo desde allí para acabar con esta catástrofe. Decidimos desplegarnos a lo largo del camino. Unos cuantos nos fuimos a la izquierda y el resto a la derecha. Y empezamos a caminar.

Me caí de la litera de arriba. Despuntaba el día. Me di un fuerte golpe en la espalda. Mi grito de susto y dolor lo oyeron mis padres, y se presentaron de inmediato. Mi hermano mayor se había ido a trabajar.

– Mi niño! ¿Estás bien? – dijo mi padre, de rodillas delante de mi cara.

– Sí, papá. Estoy bien. Me duele un poco la espalda, pero estoy bien. Me caí de la litera.

– Y eso, ¿por qué? Nunca te había pasado – me preguntó mi madre mientras me abrazaba y besaba mi cabeza. 

– Es que he tenido una pesadilla y me habré movido más de lo habitual. Pero ahora ya estoy bien.

Mi madre me abrazaba cada vez con más fuerza. Casi no podía respirar.

– Bueno, hijo, túmbate unos minutos, que en un rato tienes que levantarte, lavarte la cara y los dientes, desayunar algo, y marchar a la escuela, que vas a llegar tarde. Si te duele algo, le dices a la profesora que…

– Mamá, hoy no voy a ir al colegio – la interrumpí cogiendo sus manos con las mías.

– ¿Y eso? ¡Qué raro! ¿Qué te pasa? Creo que hoy, además, tienes partido contra la otra clase de tu curso, ¿no? Es por la pesadilla que has tenido, ¿verdad?

– Sí, mamá, pero no importa. Lo que quiero es que no os enfadéis conmigo, por favor. En la pesadilla, estábamos en la escuela, y de pronto, cayó una bomba y se apagó todo.  Luego volvió la luz, pero no sabíamos dónde estábamos. Hoy tengo miedo de que pase algo allí. Por eso no quiero ir. 

Mi madre me volvió a abrazar aún más fuerte. Y mirando a mi padre, le susurró:

– Esto no puede seguir así. Hay que pensar qué hacemos. No hay derecho a estar así un día tras otro, y que nadie en este mundo haga nada por cambiarlo. A ver, pequeño, ¿quieres que tu padre o yo te acompañemos al colegio?

– Que no mamá. No, por favor. Ni se os ocurra. Me quedo en casa. Voy a ver si descanso y duermo algo. Dadme un beso.

– ¿Te cierro la contraventana para que no tengas tanta luz?

– No gracias. Prefiero que entre toda la luz. No quiero estar a oscuras.

Los vi salir de la habitación cabizbajos y agarrados por la cintura.