Cada vez huyo más de las imágenes y relatos que muestran la crueldad humana sin tapujos, de la barbarie de someter por la fuerza, de la inmensa pobreza mental de aquellas personas que, por sus actos, no merecen ser llamadas así. Por esta razón, sabiendo de qué iba, fui con cierta precaución a ver el documental “El silencio de los otros” y he de decir que me gustó mucho. Emocionante, ningún exceso, mucha claridad, valentía, ejemplo de tenacidad y un rayo de esperanza.

Dice su directora, Almudena Carracedo, “queríamos hablar del legado del franquismo en la España de hoy. La película bucea en el pasado, pero para explicar el presente, y el universo de la película es el presente, es la lucha de las víctimas supervivientes del franquismo en su búsqueda de la justicia y reparación”.

Nadie duda de que la barbarie estuvo repartida por ambos bandos durante la guerra civil. Pero también hay que decir que quienes dieron el golpe de estado fueron unos generales, con las armas en la mano, para, según ellos, librar a España de la revolución bolchevique que se estaba gestando. Y que ellos, una vez ganada la guerra, en nombre del franquismo se pusieron manos a la obra para ejercer un exterminio de estado, una violencia organizada y sistemática, dejando las cunetas llenas de cadáveres, despojando de sus niños a madres presas republicanas, y torturando a quienes pensaban diferente.

En plena actualidad sobre este tema, el documental vuelve a remover las conciencias de la ciudadanía sobre la necesidad y conveniencia de recordar el pasado desde el presente, desde la legítima lucha de las víctimas del franquismo y de sus familias. La cerrada ovación final del público, simplemente esto, similar a la que se produjo en Valladolid en el curso de su presentación en la SEMINCI, son pistas que reafirman la obviedad de que en nuestro país las heridas no están cerradas. La política y la justicia, una vez más, no han sabido o querido desinfectar y suturar con eficacia; y no han hecho prácticamente nada para proporcionar a las víctimas una reparación justa. Han sido ellas, las supervivientes y sus familias, quienes han buscado la forma y manera de denunciar y esperar justicia. Y lo han hecho aquí y al otro lado del océano, de forma valiente y decidida.

¿Por qué ha pasado esto? Primero fue la Ley de Amnistía en 1977, unos de los principales obstáculos para facilitar la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas. Luego llegó la Constitución de 1978, un documento fallido en este aspecto y en otros también muy importantes. Todo ello en el marco de una denominada Transición Política en la que la oligarquía franquista ganó por goleada. Los partidos políticos que aprobaron aquellos documentos no quisieron dar la cara, no quisieron reparar ni hacer justicia con las personas a las que tal vez en esos mismos instantes de las votaciones, se les estaba torturando por pensar distinto al régimen golpista que hasta sólo dos años antes, y durante 40 inacabables años, hizo continuo alarde de su terrorismo de estado. Era mejor pasar página, mantener en la ignorancia a la ciudadanía. Lo intentaron. Pasaron página suavemente, con luz y taquígrafos, con corresponsales y enviados especiales, había que salir en la foto de los periódicos de aquí y de allá. Pero no lo lograron del todo. Se les fue la mano y dieron un verdadero carpetazo, y mucho, muchísimo polvo saltó por los aires, y se fue recogiendo año tras año por aquellas personas torturadas y vejadas por pensar diferente, y por sus familias, y se fue transformando en querellas, denuncias, homenajes, monumentos, e incluso documentales y películas.

Ahora no basta con exhumar al golpista, ni desacralizar ni demoler su faraónica tumba, ni hacer declaraciones de condena de un régimen terrorista como el que impuso Franco, y no basta con ilegalizar fundaciones que lo exaltan; hay que juzgarles porque defienden al dictador-golpista-terrorista que después de ganar la guerra sembró de cadáveres una España aterrorizada.

Tampoco basta con quitar medallas a aquellos terroristas que maltrataron de forma inhumana y salvaje a personas por disentir del régimen golpista que permitía y ordenaba realizar tamañas barbaridades. Hay que juzgarles, por esa mínima decencia democrática que deberían tener nuestros políticos. Hay que juzgarles porque defendían y defienden el golpismo-terrorismo que justificó su despreciable actividad durante tantos años.

¿Desde dónde se va a hacer esa justicia? Mucho me temo que desde la Carrera de San Jerónimo, va a ser difícil. ¿Es que no interesa? Parece que es mejor que todo lo ocurrido se resuma en unos párrafos de la historia de España, donde se diga que se pasó página redactando una ley injusta que perdonaba a los culpables, un documento constitucional fallido porque no fue para todos y todas, y un tránsito político con enormes lagunas. Estos tres errores se maquillaron diciendo a la población aquello de “era el mal menor”, “había que tirar para adelante” “modelo de consenso, altura de miras, renuncia a valores por el bien común” Luego, en petit comité, se decía lo del ejército, “que tenía los sables afilados y los fusiles cargados”. Había que perdonar, nos dijeron, había que perdonar al que engañaba a una madre diciendo que su hijo estaba muerto, o se lo arrebataba en su cara, o a quien apaleaba a personas indefensas.

Nuestros hijos e hijas, en su gran mayoría, pasan ya de este tema. Están más preocupados en sobrevivir al paro y los recortes. Lo que conocen del tema es a través de quienes mantenemos la memoria de aquellos terribles años, a través de los recuerdos de nuestros antepasados, o a través de la literatura y de la historia muchas veces no escrita. No entienden bien cómo pudo pasar, y lo ven tan lejano que no consideran perder ni un minuto en escuchar y mucho menos en conocer en profundidad lo que ocurrió en esos oscuros años. Para mí, es una batalla perdida salvo excepciones como es obvio, pero esta es la realidad.

En mi opinión, nos toca a la generación que ahora tenemos entre 50 y 70 años. Probablemente representamos el último cartucho para denunciar las torturas, llamar a las cosas por su nombre, presionar a los que tienen que tomar las decisiones judiciales, y transmitir los hechos a la generación más joven, la de nuestros nietos y nietas. Muchas personas de esta edad ya sabemos que la presión de la población ante las instituciones del Estado muchas veces surte efecto. Tenemos la experiencia de que el apoyo a quienes están en primera fila convocando manifestaciones y homenajes, organizando plataformas, o realizando documentales como “El silencio de los otros” es fundamental para conseguir el objetivo: que el terrorismo que se inició con la victoria del golpista no quede sin juicio ni castigo.

Abuelo, ¿qué pasó en España cuando terminó la guerra? Confío con todas mis fuerzas contestar evitando cualquier tipo de exceso verbal, pero también intentaré ser lo más claro posible, y, ojalá, cuente que aquel rayo de esperanza un día abrió la puerta de la justicia y la reparación, poniendo fin a un pacto de silencio político y judicial insostenible.

 

 

Nota: El Silencio de otros (2018), ha sido galardonado en la última Berlinale con el Premio del Público al mejor Documental (Sección Panorama) y con el Premio de la Paz de la Fundación Heinrich Böll, que destacó sus esfuerzos “para romper el silencio”. Así mismo ha conseguido el Gran Premio del Jurado en el Sheffield Doc/Fest, el Premio a la mejor película extranjera de no ficción en el Traverse City Film Festival y el Premio a la Justicia Social en el Festival Internacional de Cine de Hamptons. También ha sido nominado para el Premio al Mejor Documental en los Premios de Cine Europeo.

Lleva ya trece premios a sus espaldas y se ha situado como el máximo favorito para los Premios Goya en la categoría de documental.