Érase una vez, hace unos cuantos siglos, un rey de España que una mañana se despertó en su cámara real, y le dijo a su esposa, la reina:

  • Hoy voy a emitir un edicto.
  • ¡Qué bien! O sea, que vas a trabajar un poco esta mañana. Fenomenal. No te canses, por favor. Y, ¿de qué se trata, amor mío?
  • Voy a nombrar marqués o marquesa a unas cuantas personas súbditas de nuestro reino.
  • Pero así, ¿sin consultar con nadie? Y ¿hay varias candidaturas para un mismo título?
  • No, nada de consultas ni candidaturas. Ya lo tengo todo pensado. Esto es porque me da a mí la gana.

Y dicho y hecho. Después de un frugal desayuno, el rey llamó a su escribano, y se pusieron manos a la obra.

  • El primero va a ser el boticario de la ciudad. Es una persona amable, atenta, y que siempre encuentra el remedio adecuado para mi dolencia. Y además está menos ocupado que mi médico real. Le voy a nombrar Marqués del Ungüento.
  • Muy bien, Majestad.
  • Seguimos.  Continúo con la juglaresa de palacio. Seguro que la habrás oído cantar alguna vez. Es maravillosa, su voz me transmite la tranquilidad necesaria para gobernar a pesar de los continuos sobresaltos. Y además toca la vihuela de maravilla. La voy a nombrar Marquesa del Rabel.
  • Se lo merece, majestad, es una gran artista.
  • Vale. Pues también he pensado en mi amigo el campeón de tiro con arco. Es un fenómeno. Ha ganado a todos sus competidores, tanto de dentro como de fuera del reino. Tiene una asombrosa puntería, aunque esté muy lejos de la diana. Estoy pensando contratarle para librarme de algún adversario incómodo. De esto, escribano, ni una sola palabra, que te corto las dos manos. Le nombraré Marqués de La Destreza.
  • No se preocupe, mi Rey, no he oído nada.
  • Y, por último, he pensado en el antiguo asesor de mi padre. Estuvo muchos años a su lado, tapando sus vergüenzas, ocultando sus desmadres, y administrando su espíritu malversador. Le haré Marqués del Gran Secreto.
  • Muy bien, majestad. Ahora lo repaso por si hubiera algún error, y se lo doy a leer para que le ponga su sello real.

Y colorín colorado, este absurdo cuento continuó y continuó, y aún no se ha acabado.

Fuente de la imagen: «La Corte en la Edad Media» (UNAM, 2019)