Llegaron en un Tesla blanco, larguísimo, espectacular. Aparcaron justo enfrente de la terraza donde estaba tomando un café. Lo hicieron a duras penas, ya que era de los pocos espacios libres que quedaban entre zanja y zanja, entre valla y valla, entre excavadora y excavadora. Del espléndido vehículo salieron dos personas, hombre y mujer, de pelo cano, aspecto saludable y bien vestidos.
Un tanto sorprendido, ví como desplegaban en la acera dos mesitas, y colocaban pequeñas bolsas de plástico en cada una de ellas. Dada la distancia a la que me encontraba, ignoraba lo que contenían y la razón porque unas iban a una mesa y otra a la otra. Me parecían todas iguales.
Resuelto a satisfacer mi curiosidad, crucé por el estrecho paso de peatones situado un poco más a la derecha, apenas visible entre tanta trinchera. Cuando llegué a las mesas, ya estaban varias personas para ser atendidas por la pareja. Ella acababa de llegar desde su coche y tenía un datáfono entre las manos. “Se lo tienen bien montado”— pensé mientras guardaba la fila—.
- Buenos días. Estaba tomando café ahí enfrente, y me he dicho: voy a ver qué venden estos señores, que me tienen intrigado.
- ¡Hola, buenos días! Pues ya lo ve usted: tapones para los oídos.
- Ya veo. Bueno, no sé, parecen simples tapones, como los que se pueden comprar en cualquier farmacia o por Internet. Tendrán alguna peculiaridad me imagino.
- Mire usted, estos tapones no los va a encontrar en ninguna farmacia, y tampoco en Amazon. Le voy a abrir una bolsita. Como ve, son transparentes, algo que algunas personas agradecen por su discreción.
- Es cierto. Hay algunos que tienen unos colores que hacen que no pasen desapercibidos. como los que tienen en la otra mesita, por cierto.
- Eso es —dijo la mujer— Ya le he dicho, los transparentes los quieren algunas personas, pero otras, cuanto más chillones mejor. Sobre gustos, ya sabe…Pero lo importante es que son de espuma, el material que mejor aísla del ruido exterior. En el mercado no los encontrará usted de espuma y transparentes. Sólo los fabrica una pequeña empresa en Leganés, donde trabaja, por cierto, nuestro hijo Javier, el mayor. Es uno de los dueños.
- ¡Qué interesante! Si no les importa, me quedo un ratillo con ustedes, ahora que no tienen gente esperando.
- Estupendo. Mire, nos vamos a presentar: yo me llamo Amparo y él es Gabriel.
Nos estrechamos la mano, y yo hice lo propio.
- Encantado. Me llamo Arturo. Está claro que ustedes son unos expertos en este tema. ¿A qué se dedican además de este negocio? O tal vez están ya jubilados.
- Trabajábamos los dos en una cafetería. Allí nos conocimos hace casi 50 años. Ahora ya estamos jubilados.
- ¿Y cómo y porqué se metieron en esto de los tapones? ¿Les va bien? Perdonen el interrogatorio…
- No se preocupe. Le contamos nuestra historia a la gente que nos pregunta, que no es poca, por cierto. ¡Anda, Gabriel, tráete unas sillas del maletero! Siéntese, haga el favor. Estaremos más cómodos.
El hombre trajo tres sillitas de tijera, de esas de madera, y nos sentamos los tres tan ricamente. Hacía fresco, pero también había un sol espléndido.
- Pues verá. Teníamos desde hace tiempo la idea de hacer algo para tratar de disminuir el impacto auditivo que inocula una ciudad como Madrid, y, de paso, hacer algo de negocio. Buscamos y rebuscamos, recogimos mucha información y se lo dijimos a Javier en una cena de Navidad, ¿te acuerdas? —dijo dirigiéndose a Gabriel— Él cogió la idea, y empezó la fabricación en serie.
- Me imagino que el precio es muy competitivo, ¿no?
- Sí. Javi exporta prácticamente el 90% del producto, sobre todo a Italia y Grecia. El resto, prácticamente nos lo regala.
- Ya. Y aquí, ¿cómo es su día a día?
- Nosotros —intervino Gabriel— somos vendedores ambulantes, y, como no tenemos otra obligación, nos pasamos el día en la calle. Vamos allá donde nos parece que podemos ser necesarios.
- ¿Y dónde suelen ir, si se puede saber? Por ejemplo, ¿qué hacen aquí hoy?
- Me dirá usted que no ha oído a las máquinas excavar como posesas un poco más allá, perforando como locas como si fueran a encontrar un anillo de Isabel la Católica o una gafas de Quevedo.
- Sí, hombre sí. Claro que las he oído. Desde luego el ruido es tremendo.
- Es insufrible. El vecindario está hartísimo, y nos compran los tapones, como está viendo, en bolsitas con 10 unidades, a 10 euros la bolsita. Encargan para todo el bloque, para sus familias y amigos. En fin, aquí llevamos un par de días y hemos vendido más de 200 bolsas.
- ¡Toma ya! Ahora entiendo que tengan ese cochazo. ¿Y cuándo se van de aquí?
- Mañana iremos a otra obra. Madrid es una pura zanja permanente y atronadora. Es una barbaridad. También acudimos a lugares estratégicos, como, por ejemplo, los locales donde se celebran las juntas de vecinos. Nos informamos, y el día de antes ya estamos por allí, en un lugar discreto, claro. Vendemos un montón.
- No me extraña. Esas reuniones son tremendas.
- ¡Ah! También vamos a algunos bares y cafeterías muy concurridos, o con música ambiental puesta a tal volumen que se oye desde la calle. Y le digo una cosa: los sitios donde hacemos las grandes ventas son cerca del Congreso de los Diputados, el Senado, la Asamblea de Madrid y las Juntas Municipales de Distrito. ¡Todo un éxito! Los compran gente de todos los colores políticos, sin excepción.
- ¡Ay! No me diga eso… Entonces, no escuchan…
- Pues parece ser que oyen lo que quieren. Probablemente los llevan en secreto, pero lo cierto es que vendemos muchísimos en los plenos.
- ¡Qué barbaridad! Bueno, bueno. ¿Tienen algún proyecto en el futuro inmediato?
- Je je. Tenemos uno, pero tenemos que madurarlo aún bastante. Lo podríamos considerar como algo experimental. Y es muy difícil de llevarlo a cabo.
- ¿Se puede saber? Me dejan en ascuas. Yo les prometo que no saldrá de aquí. Mi palabra de honor.
Amparo y Gabriel se levantaron y se apartaron unos metros para hablar. ¡Menudo misterio! —pensé—. Ella negaba con la cabeza, como si estuviera reacia a desvelar más de lo que ya me habían revelado de su negocio. Gabriel insistía, y al final se acercaron, y se sentaron de nuevo. Amparo tomó la palabra.
- Mire usted, Arturo. Nosotros tenemos muy clara la utilidad de lo que vendemos. Y comprobamos la aprobación de la gente cuando se los prueba. Se les cambia la cara, aparecen sonrisas, y vuelven a por más. Pero de un tiempo a esta parte nos hemos preguntado con cierta frecuencia cómo le sentarían a la gente que ya no está aquí. Me refiero a quienes ya no están en este mundo.
- Amparo, usted se refiere a las personas que han fallecido…
- Sí señor. Ni usted ni nosotros sabemos a ciencia cierta lo que nos ocurre cuando nos morimos. Lo cierto es que después suele haber un duelo, con mucha gente alrededor de la persona difunta y su familia. Esto dura uno o dos días, y …
- Vamos a ver. ¿Me están diciendo que quieren ponerles sus tapones a las personas difuntas, antes de enterrarlas…o incinerarlas?
- En efecto. Ha dado usted en el clavo —dijo Gabriel mirando a su mujer— Imagine por un momento que, tras fallecer, usted mantiene el sentido del oído. Oficialmente se pierde, ¡pero cosas más raras han descubierto los científicos! Y en el caso de mantenerlo, tendrán que asistir, de oído, a su propio duelo. Con los llantos y las risas que se mezclan en esa situación, con las conversaciones, debates o trifulcas más variopintas, muchas alejadas de las razones que las han llevado allí. En fin, que no debe ser un plato de gusto escucharlas ahí, en un ataúd, sin poderse mover. Entonces, ¿y si se pudiera evitar esa estridencia final?
- Amigos, perdónenme, pero ustedes tienen mucha imaginación, o están, con perdón, como una cabra. Como guion de una película de ciencia-ficción, no está mal. Pero, en fin, esto que me cuentan …
- Pues si usted supiera la cantidad de personas que nos sugieren lo que le hemos contado, no se lo podría creer. Sobre todo, las de mayor edad. Esto nos animó a seguir dándole vueltas cómo hacerlo. Para colmo, tenemos a un familiar trabajando en el tanatorio de la M30, que nos podría facilitar la colocación de los tapones. Ya hemos contactado con él, y parece dispuesto a colaborar.
- Y ¡hala, se los llevan puestos! Al cielo, al infierno, al limbo, ¡yo que sé! —empiezo a mover los brazos al tiempo que me levanto de mi silla.
Gabriel y Amparo se miran, y con una medio sonrisa, Amparo mira a Gabriel y empieza a hablar.
- Vale, Gabi. Allá voy. Se lo cuento todo ¿eh? A ver qué dice después el jefe de arriba. Tú sabrás — dijo señalaando con el dedo índice hacia las nubes.
- Que sí, cariño. Que sí. Y usted, Arturo, siéntese, por favor, no vaya a ser que se maree del susto.
- Le cuento —dijo Amparo tras un suspiro muy hondo— En efecto. Se llevan los tapones puestos. Cuando llegan al cielo, les dirigimos al sector “Almas con tapones” y les pasamos un pequeño cuestionario para conocer cómo les ha ido con ellos durante el duelo, en su velatorio. Después…
- ¿Cómo que “les dirigimos…” ¡Basta! —interrumpo, con los ojos como platos— Me están queriendo decir que ustedes son…, que ustedes no son….
- Calma, nuestro terrenal amigo. Somos cientos de miles, millones, los que bajamos continuamente para intentar hacer más agradable la vida a las personas que aún están por aquí. Nos encargamos de los asuntos más variopintos de vuestras vidas. A nosotros nos ha tocado trabajar en esta campaña, iniciada hace escasamente un año terrestre: poner remedio a la estridencia insufrible, cualquiera que sea su origen. Estamos aún en la fase de recogida de datos. ¿Qué le parece?
- ¿Qué me va a parecer? Me da hasta miedo pensarlo. Pero si les he dado la mano, parecen tan normales, y, por cierto, me han estado tomando el pelo, ¿no?
- Bueno, lo de la mano es solo una sensación —sonrió Amparo—. El resto es todo real: el coche, las mesas, las sillas, y por supuesto, los tapones. Y Javier, nuestro hijo mayor, y su empresa, también son de verdad. Lo que pasa es que los tapones se los vende a un intermediario que es de nuestra naturaleza, claro. Nosotros dejamos este mundo hace un par de años en un accidente de coche. Y le aseguro que el velatorio fue espantoso.
- Ya. Hay de todo.
- Desde luego, querido Arturo, pero fíjese: el otro día asistí allá arriba a una conversación entre una persona que llegó sin haberse puesto tapones , y otra con ellos. Tenía que haberlos escuchado. El que sufrió su propio velatorio decía que había oido de todo: a su mujer decirle a una amiga algo así como «…¡por fin!», a otros hablando indignados de la derrota del Getafe, a otros decirse palabras muy gruesas por un tema político. Un desastre. Y allí el muerto destaponado oyendo todo sin poder hacer nada.
- Vale. Vamos a ver. Si no estoy soñando, que no me extrañaría nada de nada, me pregunto, y alucino que me esté preguntando esto, si habrá personas que se lleven los tapones…al infierno, si es que existe. De esas no tendréis resultados, digo yo.
- Ninguno. No ha podido ser. Se ha intentado en varias reuniones que nos autorizaran entrar en el averno, pero nada, imposible. Nos consuela que no están oyendo lo que se debe de oír allá abajo. Será tremendo, seguro. Estamos organizando alguna estrategia para hacerles llegar algunos miles de millones de tapones, para que tengan de recambio. Es complicado. Oiga Arturo, mire que cola hay. Tendríamos que dejarlo para otro día, si le parece. Podemos quedar. Tenemos móvil.
- En fin, no me lo puedo creer. Voy a tener el contacto de un… ¿ángel? ¿fantasma? ¿espíritu? Venga, dadme vuestro número —dije un tanto alucinado.
- Nos llamamos y te damos el resultado del estudio. Ha sido un placer, Arturo. No te olvides que nos has dado tu palabra de no decírselo a nadie.
- Bueno, pareja, que os vaya bien. No os preocupéis, máxima discreción. Y, por supuesto, muchísimas gracias. ¡Ah! Una pregunta. ¿Y la pasta? Porque allá arriba no necesitáis ni un euro, digo yo.
- No. Allí nos movemos con bonos celestiales. El dinero que recogemos aquí, lo entregamos anónimamente a varias ONG’s que ayudan a las personas sordas.
- ¡Toma ya! Tan paradójico como todo lo que me ha ocurrido esta mañana. En fin, ha sido un gusto sobrenatural.
Estreché la mano, o lo que fuera, de Gabriel, y pensé en darle un par de besos a Amparo, pero me dio corte. Iba a cruzar la calle por el exiguo paso de peatones, cuando, ante el ruido infernal de una excavadora gigantesca, me puse los tapones galácticos. De inmediato, entré en otro mundo, mucho más confortable. ¿Demasiado ausente? —pensé— Estuve a punto de volver sobre mis pasos y decirle a esa parejita que hablaran con su Javi para que pusieran un microchip en los tapones para oír Spotify a través del móvil. Pero pensé que al lado de la música están las noticias, y con ellas, el confort desaparece.
