Magdalena, entrañable amiga y vecina, me recomendó hace unos meses que le diera un vistazo a una página web en la que personas de prestigio, expertas en muchas y variopintas áreas, desde la cocina hasta la música, expresan mediante clases, sus opiniones, experiencias y consejos para quien quiera saber más de esas materias.

No tuve duda alguna. Escogí narrativa, y, entre los autores y autoras que se proponen, a Neil Gaiman, un afamado (y ahora además controvertido) escritor anglosajón. Quedé encantado por su sencilla manera de transmitir sus ideas, y por la variedad de los temas que aborda, dedicando mucho espacio precisamente al escritor o escritora novel. Estaba terminando de escribir “Obsesiones y jazmines”, anoté muchas cosas interesantes, y me quedé especialmente con una frase que repite en varias ocasiones en los tres últimos capítulos: “Para escribir un libro hay que ser valiente”.

De entrada, la frasecita me pareció una expresión presuntuosa y pedante. No la hice el menor caso. Pero a medida que era consciente de lo que estaba terminando de hacer, me fui convenciendo de lo acertado de la sentencia. Estaba pisando un terreno desconocido desde hacía 8 meses. Enfrascado encima del teclado del ordenador, buscando referencias, sorprendiéndome de lo que supone indagar y conocer, husmear y terminar con el hocico empapado de anécdotas, historias reales, paisajes o posibilidad de imaginarse mil cosas. Llamando al orden a millones de palabras que, por cierto, estuvieron encantadas de participar desde la primera línea.

Unos meses atrás había estado en un tris de tirarlo todo por la borda, de arrojar la toalla vencido y convencido de que aquello que estaba a medio hacer no me gustaba lo más mínimo, y, por lo tanto, cuando se acabara, no le iba a gustar a nadie, ni, por supuesto a la editorial. ¿Había alguna salida? ¿Tenía que escribir para la gente? ¿Tal vez para la editorial? Ellas, las palabras, estaban aterrorizadas. Me decían que yo no podía tener tantas dudas a esa altura de la película.

Al cabo de unos días, un grupito de ellas se organizó, y abrió una puerta. Habían organizado la respuesta: aquello no nacería si yo no estaba satisfecho. Ahí estaba la prioridad.  Aquello es lo que quería escribir, y lo quería expresar de esa manera. No debía importarme que el libro no se leyera en todos los rincones del universo a pesar de que varias editoriales hubieran llegado a las manos intentando quedarse con mi obra. Ganaron las palabras frente a las opiniones, a la popularidad, a la vanidad. Ahí aprendí que ellas siempre ganan.

Automáticamente se abrió otra puerta obviamente importante, la del mundo editorial. Me metí en un baúl lleno de mi propia ignorancia, y, claro, me esperaba que hubiera más de un sobresalto. He de decir que tuve la suerte de toparme con un grupo de personas cercanas, jóvenes, dispuestas a echarme una mano, y generosas a pesar de las limitaciones que supone una empresa pequeña, pero muy activa y dirigida hacia el autor novel. Aprendí, o mejor, estoy aprendiendo, de su estructura, de sus múltiples aristas, de ese puzle que me parece tan rígido, y, como todo negocio, del lógico ánimo de lucro que persigue, algo que, sin embargo, nunca ha estado dentro de mis objetivos. Gracias a Diversidad Literaria.

Todo transcurrió con normalidad para satisfacción de mis queridas palabras que ya se estaban alborotando de nuevo, por si se tenían que cambiar de ropa, o sustituirse unas por otras. No lo llevan nada bien. Son muy orgullosas.

Y llegó la última, al menos de momento. ¿Qué pasaría? Todo era incierto más allá de su umbral. He asistido a varias presentaciones de libros, y me acuerdo de que los viví como un acto de agasajo, cortesía, e incluso admiración de las amistades más cercanas al autor o autora de la obra. La mía no iba a ser diferente. Fui presentado por un amigo del Foro Ciudadano, compañero de escenario en ya numerosas ocasiones, y a quien convencí con un café de ese encargo a última hora. No esperaba menos de él.

Pero el capítulo de las emociones lo ocuparon varios enfermos y enfermas, en solitario o con su familia. No tengo por qué ocultarlo: fue un motivo de orgullo ver a estas personas en las que, en su momento, un equipo de sanitarios conseguimos sacarles de un apuro importante, en algunos casos vital. Fue sensacional. 

Confieso mi sorpresa al ver a tanta gente en el salón de actos de la biblioteca. Aquello estaba lleno de incondicionales, por familia, amistad y por afinidad laboral. A algunos no los veía desde hacía mucho tiempo, y fue muy agradable coincidir de nuevo. Mis palabras se situaron al fondo del salón, aplaudiendo y brincando silenciosamente.

Vinieron después las dedicatorias. Momento algo complicado al intentar personalizar lo máximo posible con unas palabras que en el fondo se resumen en una: GRACIAS. Fue tras los últimos abrazos y las oportunas cervezas, cuando me di cuenta de que tenía que reunirlas. En el fondo, ellas habían sido las últimas responsables de todo lo que había pasado esa tarde, y durante el último año.

En cuanto tuve un rato en soledad, las convoqué, y acudieron diligentes a la llamada. Las ví cansadas. El momento de las firmas las dejó exhaustas. Me interesaba muchísimo saber su opinión, tanto sobre el libro y su proceso de creación, como también sobre el acto de presentación. Hubo algunas sugerencias, que si a la narración le faltaba esto o aquello, que si sobraba alguna escena o echaban de menos otra. En lo que coincidieron todas es que yo había tenido mucho valor al escribir mi primer libro. Es como si hubieran escuchado al amigo Neil en alguna de sus clases.

Me dieron las gracias al haberlas escogido y colocado en un orden por el que se entendía lo que yo quería decir, sin faltas de ortografía, y tocando temas tan variados. Me dijeron que se sentían muy orgullosas, y que estaban dispuestas para participar en el siguiente libro. Se notaban con el suficiente valor para iniciar una nueva aventura.