Las temperaturas empezaron a bajar bruscamente al amanecer del día 24. Los medios de comunicación ya lo habían anunciado: Madrid iba a padecer una ola de frío muy severa, y, probablemente, se batirían récords. Se aconsejaba no salir a la calle si no era absolutamente necesario, y, en todo caso, con el máximo abrigo posible. ¿Quién no se acordaba de Filomena? Era una palabra que todo el mundo tenía en la cabeza, y el miedo a pasar unos días tan señalados sin poder desplazarse, era un temor palpable en la población.

El cielo empezó a mostrar el típico aspecto previo a una inminente nevada. Fueron solo unos minutos, los suficientes para que cuando se miraba por las ventanas que daban al exterior del recinto de la Ciudad de los Periodistas, todo se estaba poniendo de un blanco precioso. Pero algo pasaba. Algo sorprendente e increíble. ¡¡Dentro de la urbanización no nevaba!! Ni un solo copo se descolgaba del cielo si nos asomábamos hacia la esplanada del escudo, o hacia el club, las piscinas, las pistas deportivas, o la cafetería. Y el edificio de Hacienda tampoco estaba nevado. 

La temperatura oficial en Madrid era de menos ocho grados centígrados. Ya no nevaba. Las vecinas y vecinos empezamos a bajar a la calle pertrechados con nuestras mejores pellizas, gorros, guantes y bufandas. “Pues nosotros hemos salido a Fermín Caballero, estaba todo nevado, y hacía un frío espantoso. Nos hemos dado media vuelta, y al ir hacia la cafetería empezamos a tener un calor tremendo” Era estar como en una burbuja térmica, como dentro de un inmenso cilindro de calor, restringido al perímetro de nuestras torres, fuera del cual te congelabas, mientras que dentro parecía una sauna.  

Nos empezamos a concentrar en la piscina, el lugar más fresco dentro de la urbanización en esos momentos. El cuadro era insólito. Unas cien personas en tirantes y mangas de camisa, y del brazo, o sobre el césped, todo tipo de aparejos contra el frío, ese inmenso frío que estaba sólo unos metros más allá. Muchas personas entraban en la urbanización, abrigadas hasta las cejas, comprobaban el sorprendente cambio de temperatura, y se quedaban allí, boquiabiertas; otras se iban, acusando a los gobernantes de tratarnos como cobayas, e incluso animaban a la gente a ir a la capilla del Colegio Valdeluz, o a la comisaría de policía más próxima. 

 Hubo que intentar moderar aquella improvisada concentración, porque las preguntas se atropellaban. Pero la mayoría no tenían respuesta, suposiciones sin base alguna, sospechas catastróficas, y afirmaciones grotescas. “Será un experimento, seguro” “¿Y si se trata de un atentado terrorista?” “¿Cuánto va a durar esto?” “¿Esto es debido al cambio climático?” Todas las miradas se dirigían a nuestro vecino y meteorólogo de cabecera, pero él tampoco encontraba explicación a que nuestro pequeño hábitat estuviera herméticamente aislado del entorno, y con una temperatura tan radicalmente distinta a la del exterior.  “Yo ya he llamado a la Policía”, dijo una señora, “y yo a los bomberos”, dijo alguien por ahí. Lógicamente, el ambiente era de preocupación y también de incredulidad. “A ver, que alguien me pellizque, que me parece que estoy soñando. Esto es imposible que esté sucediendo” “Estarán filmando una película. Habrá cámaras por todos los lados, y luego nos partiremos de la risa”

De repente empezaron a sonar los móviles, y a oírse un ruido estridente cada vez más próximo e intenso. Las llamadas urgían para que nos subiéramos a la esplanada. Para allá fuimos casi todas las personas que estábamos en la piscina, acompañadas ya de un par de policías municipales. Alguien, por el camino, comentó que a lo mejor todo era consecuencia de las interminables obras del aparcamiento. En efecto, llevábamos meses sin poder meter ningún coche, y, al parecer, iba para largo. Pero nadie pensaba que tuviera algo que ver con nuestra extraña situación térmica … hasta que llegamos a la plaza. 

Allí, lo primero que comprobamos fue que el suelo temblaba ligeramente, y que el escudo de la Asociación de la Prensa empezaba a resquebrajarse. Muchas personas salieron corriendo con intención de salir de la urbanización, y otras se dirigieron a sus viviendas, todas buscando algún tipo de seguridad frente a algo desconocido, y con sospecha de peligroso. Parecía un terremoto, eso sí, local, increíblemente circunscrito, como todo lo que estaba sucediendo esa mañana. 

En la plaza, la temperatura era aún más elevada.  Las grietas se extendían, hasta que del centro del escudo empezó a emerger una formación puntiaguda de aspecto rocoso de unos tres metros de diámetro.  La roca, al salir, parecía incandescente, pero a los pocos segundos adoptaba un color y un aspecto normal, es decir, el de una roca. Seguía y seguía su salida desde las entrañas de la plaza. Centímetro a centímetro. “¿Veis? sale del garaje” “Menos mal que no habrá coches dentro ni obreros trabajando hoy” 

Había mucho polvo y restos del mosaico por toda la plaza cuando la roca, repentinamente, se paró en su ascensión. A todas las personas que estábamos allí, casi se nos para también el corazón. Algún grito se escapó. Muchas personas se abrazaron, como esperando algo sobrenatural o apocalíptico. Y a los pocos instantes, empezamos a sentir mucho frío, ese que ya existía a nuestro alrededor. La burbuja de calor había desaparecido. 

Nos pusimos nuestras prendas de abrigo, y quienes no disponían de ellas, se fueron a su domicilio. “¿Estará caliente aún?” “¿Será una fuente de radiación?” Todo esto nos preguntábamos mientras dábamos vueltas, muy despacio y haciendo cientos de fotos, alrededor de la gigantesca piedra.  Nadie se atrevía a tocarla. Yo no me separaba de mi vecino de rellano, insigne geólogo, a quien le bombardeábamos con insistentes preguntas. Intentaba explicar, lanzaba teorías, pero él tampoco entendía qué estaba pasando.

Así estábamos cuando el amigo Oliver se escapó de la jurisdicción de su cuidadora, y se dirigió hacia la roca. “¡Oliver, ven aquí!”, se desgañitaba ella. Él no hizo caso, y llegó hasta la base de la especie de menhir que teníamos delante. Levantó su pata trasera izquierda y orinó. 

Fue toda una señal. A pesar de los consejos de la policía municipal, nos abalanzamos a comprobar que no pasaba nada, que estaba fría, de consistencia pétrea, y con entrantes y salientes en su superficie. El color negruzco con el que apareció se iba tornando cada vez más claro. Y así se quedó. 

Observamos que ya habían llegado la Policía Nacional, los bomberos, una unidad del SAMUR, y varios coches oficiales con personas relevantes que no se querían perder el acontecimiento y de paso, hacerse una foto y hacer declaraciones echando la culpa de lo que había pasado a otras personas, también importantes. Se confirmó que no había nadie en el aparcamiento, y, con un detector, alguien aseguró que no había radiación.

La urbanización quedó acordonada por la policía nacional en pocos minutos. Sólo las personas que vivíamos allí podíamos entrar y salir, enseñando el DNI. Las autoridades municipales aseguraron que el mismo día 26 se procedería, con sumo cuidado, a iniciar la demolición de la roca, para, a continuación, empezar con la reparación de todos los daños que se hubieran producido. “Nos van a hacer un garaje nuevo, mira por dónde”, comentó un vecino en voz baja. Muchas personas sugerían no quitarla, para que fuera un nuevo logotipo de la urbanización, o porque se temían que, si se demolía, las torres se vinieran abajo. 

Nos fuimos yendo poco a poco de la plaza, conversando entre nosotros. Algunas vecinas comentaban que ya no iban a salir al día siguiente para pasar la Navidad en el pueblo. Otras comentaban que menos mal que no se podía pasar, porque esto sería una romería y que vendrían multitudes para ver la roca. Sobre la marcha, y de acuerdo con la administración, quedó convocada una reunión de vecinos para el mismo día 26 por la mañana a primera hora. 

Volviendo hacia nuestras casas, observé cómo varios vecinos hablaban y se despedían guiñándose un ojo, o con un gesto de estar de acuerdo en algo. Pregunté a mi vecino geólogo y me contó lo que se estaba tramando.

La noche de Nochebuena tuvo el mismo aspecto de siempre, con cientos de luces encendidas de los domicilios de los vecinos y vecinas, esta vez, sobre todo, las de las ventanas que daban al interior. La impresión es que nos fuimos a dormir más temprano que otros años. 

Desde todas las torres, a la hora convenida, fuimos bajando, repartiéndonos entre los puestos de vigilancia que mantenía la policía municipal. En cada uno de ellos animamos a los policías a que se tomaran algo: una copa de vino o de cava, un pastel, o un trozo de cordero. No todos aceptaron, pero lo cierto es que se relajaron bastante en su trabajo de vigilancia.

A los vecinos de los Balmes se nos encargó el aspecto decorativo. Nuestras torres eran las más cercanas al menhir, y bajamos a la calle con algo más que comida y bebida. Llevamos bolsas llenas de bolas de todos los colores. De esas que se cuelgan en las ramas de los árboles de Navidad. Y también una escalera, muchos confetis, e incluso varias tiras de pequeñas lucecitas que se enchufaron a una batería que trajo un vecino, creo que de la torre 2. Al encender y ver lo bonito que había quedado hubo comentarios referentes a algunas ciudades cuyos alcaldes anuncian a bombo y platillo el encendido de las luces navideñas. Brindamos con lo que teníamos en la mano, y nos dimos unos apretados abrazos, y un emotivo aplauso final.

Aquella noche nevó copiosamente. Al alba, ya había gente rodeando la roca, que había cambiado nuevamente de aspecto. Ahora era un grandioso iceberg decorado para Navidad. Seguro que hay otros por el mundo, pero con el aspecto y la historia de este, seguro que ninguno.

El Árbol de Piedra se encuentra en el desierto de Siloli, dentro de la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, en el departamento de Potosí, Bolivia. Este lugar está situado a unos 4,500 metros sobre el nivel del mar, y es el resultado de miles de años de erosión causada por el viento y las partículas de arena que continuamente golpean la superficie de la roca volcánica,