Cayo Plinio Segundo, llamado Plinio el Viejo, fue un filósofo, procurador imperial, comandante del ejército del Imperio Romano, y amigo del emperador Vespasiano. Pasó la mayor parte de su vida estudiando, escribiendo e investigando fenómenos naturales y geográficos en el campo. Murió en el año 79 en Stabiae (actual Castellamare di Stabia), localidad muy cercana a Pompeya, mientras intentaba rescatar en un barco a un amigo y su familia de la erupción del Vesubio, que ya había destruido Pompeya y Herculano. El viento causado por la sexta y mayor oleada piroclástica no permitió que su barco saliera del puerto.

Escribió la enciclopedia “Naturalis Historia” (Historia Natural), que se convirtió en un modelo editorial de enciclopedias. Es la única obra de Plinio que sobrevive. Estaba dividida en 37 libros, organizados en 10 volúmenes y su temática pretendía abarcar, como decía su autor, “el mundo natural, la vida”: astronomía, matemáticas, geografía, antropología, fisiología humana, zoología, botánica, farmacología, minería, escultura, pintura y piedras preciosas. Publicó los primeros diez libros en el año 77, y el resto de manera póstuma, lo realizó su sobrino, Plinio el Joven. La obra fue dedicada al emperador Tito.

En ella, Plinio habla de Butades Sicyonius, un legendario alfarero griego del siglo VI a.C. que vivía en Sicyon (actual Sykona), muy cerca de Corinto, lugar de escritores y artistas, y nido de mitos y leyendas. En aquella época, los alfareros eran considerados hijos de Apolo y favoritos de las Musas.

Butades tenía una hija predilecta llamada Kora, que creció en su taller jugando con la arcilla roja y dibujando en ella olas con los dedos; tenía arte en sus manos adolescentes.

Kora amaba a un joven campesino que debía partir a la guerra. Él vino a despedirse entre las sombras de un atardecer rojo. Fueron momentos dolorosos vividos en la fachada de una casa encalada que se asomaba a la puesta de sol, donde la sombra del joven enamorado se proyectaba en el muro blanco. Kora manchó su dedo de pintura y trazó su retrato: un recuerdo, el único que ella iba a tener. Dicen que el soldado murió en la batalla. Otros aseguran que regresó y se casó con Kora.

Después del dibujo, su padre aplicó una capa de arcilla, que modeló siguiendo las sinuosidades de aquel rostro; destacó la arcilla de la pared y la metió en el horno. Así obtuvo un retrato duradero, que se conservó en el Ninfeo de Corinto hasta que los romanos conquistaron la ciudad al mando de Lucio Mumio, y la arrasaron.

¿Leyenda o Historia? El propio Plinio escribe: “La cuestión de los orígenes de la pintura no está clara /… / Los egipcios afirman que son ellos los que la inventaron seis mil años antes de pasar a Grecia /… /. De los griegos, por otra parte, nos dicen que se descubrió en Sicyón, otros en Corinto, pero todos reconocen que consistió en circunscribir con una línea el contorno de la sombra de un hombre”.

Realidad o ficción, lo cierto es que el personaje de Kora, encuadrado en una leyenda, puede ser un verdadero ejemplo de la situación de la mujer en la antigüedad clásica, supeditada al padre o marido.
Si desarrollaba facetas artísticas era siempre bajo su consentimiento y siempre que siguieran siendo vírgenes, circunstancia vital para que se les permitiera dedicarse al arte. La adolescente que se tomaba por esposa era virgen en todos los sentidos, estaba “por hacer” así que, si poseía capacidades, ya las descubriría y adiestraría el padre o el marido, mérito que también sería suyo por permitirle la ocurrencia de dedicarse a alguna faceta artística.

Las mujeres pintoras han existido desde siempre. En nuestra cultura al menos desde la antigua Grecia. Un ejemplo fue la pintora pionera Anaxandra (siglo III a.C.), hija del también pintor Neakles y a la que Clemente de Alejandría mencionaba en un capítulo de su “Stromata” llamado “Las mujeres son tan capaces, como los hombres, de la perfección”. Ella, como Kora, aprendió el oficio en casa de su padre, también artista.

Volvamos a Plinio el Viejo. En su “Naturalis Historia” se citan también a las pintoras Timarete, Irene, Calypso, Alcisthenen, Aristarete, Iaia de Kyzicos y Olympia. Como es fácil comprobar, ninguno de esos nombres ha transcendido en la historia del arte, y no quedan vestigios de sus obras. Mención especial merece Iaia de Zyzicos, que vivió en Roma en el siglo II a.C., y que llegó a ser famosa por los retratos que hacía en marfil a poderosas mujeres patricias de la época, y por sus autorretratos mirándose al espejo (ver al final del relato).

A partir de aquí, ninguna referencia más a mujeres artistas, a pesar de que, en la Edad Media, ellas fueron muchas veces las encargadas de ilustrar con bellísimas imágenes los libros religiosos que poblaban iglesias y abadías.

Hay que esperar al siglo XIV para que Giovanni Boccaccio escribiera “De claris mulieribus” (“Acerca de las mujeres ilustres”), colección de 106 biografías de mujeres, completada entre 1361 y 1362. En ella, además de las pintoras ya mencionadas por Plinio, se encuentran desde Eva, la primera mujer según la Biblia, hasta multitud de reinas e hijas de reinas, muchas de ellas con actividades artísticas totalmente desconocidas. También figuras las principales diosas y protagonistas de mitos. ​

La primera gran pintora (reconocida) del Renacimiento fue Sofonisba Anguissola (1535 – 1625), hija de una familia de la baja nobleza de Génova. Sofonisba tuvo el suficiente prestigio como para ser reclamada por la corte de Felipe II, donde llegó a retratar al emperador y éste incluso, le buscó un marido de la alta nobleza y la dotó.

Contemporáneo suyo fue el célebre Giorgio Vasari (1511-74), arquitecto, pintor y escritor italiano que, en su obra “Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos”, establece la siguiente división: “mujeres artistas que son capaces de crear como los hombres, y mujeres artistas que sólo tienen cualidades artísticas propiamente femeninas, como la suavidad, siendo menos innovadoras que las primeras”. En otro punto de su obra, crea el concepto de “genio”: “es el escalón superior del artista, algo que no se puede llegar a ser, sino con lo que se nace. La mujer queda apartada de la categoría de genio por ser un sujeto pasivo por razón de su propia naturaleza. El genio es enérgico, dotado de gran poder de invención y personalidad, la mujer debe ser suave, dócil y paciente, y, por tanto, no puede ser tocada por la genialidad”.

Además de estas sesgadas opiniones, sin duda muy autorizadas para la época, hay un hecho definitivo que dificultó, o mejor dicho, imposibilitó, que la mujer fuera pintora de forma reconocida: la mujer era la representación alegórica del arte, era la musa de la pintura y no se podía considerar como practicante de la misma. Esto, a pesar del paso de los años, permanece hasta la actualidad. Las pintoras y escultoras aparecen en los manuales de historia del arte de una forma marginal, lo cual puede hacernos caer en el error de que apenas existieron, mientras que como objeto son ampliamente representadas en cuadros, esculturas y demás manifestaciones artísticas de todos los tiempos.

Buena prueba de ello es la leyenda de Kora, representada por fin a partir del siglo XVIII por diferentes pintores, y con diversas interpretaciones, unas más literales que otras, del relato escrito por Plinio. Kora reaparecía siglos después, y, en cierto modo, se hacía justicia a ella y a su obra.

Conversación de Iaia de Zyzicos con su padre, según un antiguo escrito:

– Vamos, noble Iaia, deja ya de mirarte al espejo y depón los pinceles. ¿No tienes miedo de que los dioses te castiguen?

– ¿Y por qué habrían de hacerlo? ¿Acaso no desea, cualquier mortal, permanecer en el recuerdo de las gentes a través de las máscaras funerarias o de un retrato? No voy a ser menos yo. Y, además, a nadie molesto con dibujarme yo misma mirando mi rostro a través de un espejo.

– Estás muy equivocada, niña mía: hay muchos envidiosos.

– Cierto, pero no son dioses. Si alguna vez mis obras desaparecen de la memoria de los mortales no será por enfado de Zeus o de la celosa Hera, sino por desidia o por la voluntad solapada de los hombres.

Un último dato: tras 93 ediciones, sólo 7 mujeres han sido nominadas al Oscar a la mejor dirección, y sólo 2 lo han logrado. Igualmente ocurre en los premios Goya (cuatro premios en 35 ediciones) y en el festival de Cannes (dos premiadas en 70 ediciones). La olvidada aportación de la mujer al hecho artístico, se mantiene hasta nuestros días.