Vaya por delante mi gran alegría porque el equipo de fútbol masculino de España haya ganado el campeonato del mundo. La victoria ha puesto de manifiesto una manera normal de entender este deporte frente a otras basadas en el encontronazo, la brusquedad o la pillería tramposa.

Pero, como pasa casi siempre, se ha aprovechado la ocasión para lanzar algunas campanas al aire. Que si juntos, los españolitos somos más fuertes, más guapos y, sin lugar a duda, los mejores. Que si la victoria ha dado muestra de que el futbol está por encima de las ideologías y de los problemas de la ciudadanía. Se han dicho, y, mucho me temo, seguirán diciéndose cosas que no se creen ni quienes las pregonan en voz alta. O a lo mejor, sí. 

Las multitudinarias manifestaciones tras conseguir el título no han sido una muestra de nada más que de una alegría colectiva. Estupendo esto de la alegría, y es maravilloso si además participan miles y miles de personas de ese sentimiento. Pero ahí se acaba el tema. Habrá que rebajar el tono “unitario” triunfal de las manis y limitarlo a lo deportivo en exclusiva, porque lo demás sigue igual. Nadie renuncia a nada. 

A pesar de que el grupo vencedor es ejemplo de diversidad, como muchos otros equipos, su capacidad de ponerse de acuerdo para hacer un juego excelente, no quiere decir que todo un país nos demos de la mano y cantemos lo de “Yo soy español, español, español” Nadie puede negar su gran calidad y su espíritu deportivo, pero los jugadores no son muestra de nada más que de ser unos grandes con el balón en los pies. Es su trabajo.

Porque después, cada uno es cada cual, y se grita ¡Viva España!, que aún puede estar dentro de la lógica, pero también ¡Viva el Rey!, algo que no viene a cuento, y que raya en lo ridículo, a menos que haya cola para ser yerno de don Felipe. O alguien se calza una gorra con la frase “Make Spain Great Again”, que, lejos de ser una crítica al payaso de pelo amarillo, se puede interpretar de mala manera en clave local. Desde luego que, ni a los republicanos ni a los indepes les habrán gustado estas respetables expresiones de “unidad”

A nadie se le escapa que si esta muchedumbre se citara en la calle para asuntos más caseros (nunca mejor dicho), y que no van tan bien como los pases de Rodri, algo se podría mover, aunque fuera de tacón, en la acción de quienes nos gobiernan. Pero una cosa es callejear con bandera y caña, y otra hacerlo con pancarta y megáfono. Las convocatorias para la alegría colectiva ganan por goleada a los llamamientos para la reivindicación social. La jarana se divierte mientras las demandas se lo piensan antes de salir a la calle.

Y, por último, lamentablemente, dejar las calles y plazas hechas una pocilga después de la emocionante muestra de alborozada “unidad”, es sólo evidencia de no tener un mínimo de respeto y educación. Con estas personas no me quiero unir, ni siquiera al día siguiente de conseguir la tercera estrella.