Bueno, compañero. ¡Ya se acabó el verano! Bienvenido al cajón.
Hola, amigo. Parece que aquí se está bien para pasar el invierno. Buena temperatura, y buenos olores. Ya veo, cremas solares, gafas de sol, una pomada para las quemaduras, y otra para las picaduras de mosquitos. Muy ordenaditos tus dueños, ¿no?
Lo son, lo son. Tratan bien sus cosas. ¿Con quien has estado estos meses?
Pues con una señora mayor. Mejor no hablar de ella. Al final, me dejó olvidado en la arena el último día de playa. Me cogió tu dueña, y por más que buscó a mi violenta propietaria, no la encontró. Así que me metió en su maleta, y aquí estoy.
¿Violenta? A ver, cuéntame. No entiendo. Es verdad que mi señora me usa más bien poco, pero siempre me trata con cuidado.
Pues no veas la mía. Lo primero es que me abre con un movimiento de muñeca que ya quisiera el mismísimo Alcaraz. ¡RAAAS! Con un ruido que seguro que se oye a kilómetros de distancia. ¡Y otro igual para cerrarme! Un escándalo.
¡Hala, qué exagerado!
Te digo que, durante la siesta, en la playa, o en la piscina del hotel, ha despertado a más de una persona, que ha vuelto la cabeza, me ha mirado ¡a mí!, con cara de odio, como si quisiera tirarme al agua.
Ya. ¡Vaya corte!, ¿no? Bueno, no te hubieran tirado a ningún lado. Hubieras cambiado de dueño. Con el dibujo tan bonito que tienes, y ese encaje en el borde, hubieras ido a algún bolso en vez de al agua.
¡Ojalá! Porque te cuento algo más.
Dime.
Mira, cuando se abanica, me arrea unos golpazos, así abierto, contra su pecho, que me deja medio atontado. Menos mal que me golpeo en blando, porque la buena señora tiene una delantera importante y blandita, pero, aun así, los mamporros son tremendos. Y continuos, uno detrás del otro. A veces se la ocurre cantar una cancioncilla, te puedes imaginar, tipo copla, mientras me sacude contra sus tetas siguiendo el ritmo de su interpretación.
Bueno, eso es muy frecuente entre la gente de más edad. No podemos hacer nada. Como cuando te cogen plegado y amenazan a alguien con darle un abanicazo. Ya ves, nosotros tan pequeños y livianos, poco daño haríamos. Pero ahí van, brazo en alto, con su arma preferida, y hasta profiriendo algún insulto. ¿Esto no te lo ha hecho tu señorona?
No, no. No ha tenido oportunidad. Lo que hace es quedarse dormida tras unos minutos de pam pamcontra su pechera. Y casi de inmediato si lo acompaña con algún tarareo. El problema es que cuando se queda frita, me suelta de su mano y allí me quedo, solito, abandonado a mi suerte.
Menos mal que la última vez estaba por allí mi dueña…
Desde luego, porque me imagino en poder de alguna niña revoltosa, o, lo que es peor, en manos de un coleccionista, clavado en algún corcho con una chincheta en mi encaje. Me muero…
Pero luego te recupera. Alguien te recoge y te devuelve…
Sí, claro, y hace muchos aspavientos, a veces me coge y se da golpecitos en la cabeza, como diciendo “¡vaya cabeza la mía”, o me da unos besos y me dice “no te vuelvas a perder, bonito mío”. En fin…
Si es que los humanos son bien majetes, amigo mío. Muchos nos necesitan para sobrevivir a los rigores del verano, y otros nos tienen como herramienta de pavoneo, presumiendo por ejemplo de tus bordados o de mi pintura de Van Gogh.