No hay un estudio serio que informe sobre el porcentaje de personas que, al abrir la cajita de su medicamento, con lo primero que se encuentran es con el prospecto. A quienes no les pasa esto, deberían ese día comprar rápidamente un décimo de lotería o un cupón de la ONCE. La suerte ha llamado a sus puertas.
Pero, ¿qué puede pasar? Las personas más desafortunadas tendrán que sacar el prospecto para coger el blíster (por cierto, palabra a desterrar, pero admitida por la RAE), o el botecito correspondiente. Una vez consumida la dosis de fármaco correspondiente, hay que dejar el prospecto o la cajita/botecito de manera tal que todo quede bien acomodado, algo que, aunque complicado, puede tener algún tipo de éxito si se hace con plena habilidad, concentración y suerte.
Si no se logra doblarlo de nuevo de la misma manera que cuando lo sacamos, empiezan los problemas: el frasco no entra bien, o el blíster se queda medio fuera. Dependiendo del grado de obsesión, perfeccionismo, o pura estética, y siempre después de varios intentos, se puede renunciar y tirar la toalla, y dejarlo así, o tirar el prospecto a la papelera.
Y es que para dejar el papelito doblado de modo y manera que después todo quede bien aparente, hay que hacer un master, curso que, por cierto, debería estar financiado por el laboratorio farmacéutico responsable de ese medicamento.
Aunque en principio no lo parecería, todo esto se complica cuando el prospecto aparece en formato A4; una verdadera sábana. Doblarlo de nuevo al tamaño primitivo es un acto de verdadero heroísmo. No me puedo imaginar a esas personas mayores sobremedicadas que toman 23 pastillas al día de 15 medicamentos distintos. Lo lógico es pensar que muchos prospectos terminen con sus letras en la basura.
Por otra parte, esta decisión tiene mucho que ver con el contenido del papel informativo. La letra es importante por su tamaño y por su significado. Si el tamaño de la letra es pequeño, las personas de más edad tendrán dificultades. No digamos en los modernos prospectos adheridos a los frascos y que se despliegan para su lectura. En éstos, deberían tener a mano una buena lupa.
En los prospectos tipo papiro interminable, la letra debería ser de mayor tamaño. Pero lo verdaderamente peligroso de este formato es que ahí cabe todo. La información que necesita el paciente, y la que no le es útil.
Aparecen los listados de efectos secundarios: frecuentes, muy frecuentes, ocasionales, rarísimos, todos con su porcentaje correspondiente. Y no hay célula, tejido, órgano, aparato o sistema de nuestro cuerpo que quede libre de poder ser atacado. Desde una náusea hasta irse al otro mundo. Una auténtica locura. Las farmacéuticas salvan su culo.
También aparecen las posibles interacciones con otros medicamentos. Abuelete, si usted se toma 23 al día, raro será que no esté en la lista.
Algunas de estas osadas personas que han sacado y leído el prospecto, terminarán acudiendo a urgencias por una crisis de taquicardia o de ansiedad al comprobar que desde que toma aquello tiene tal o cual molestia, y nadie se lo había dicho, ni siquiera el médico. Pero lo pone ahí¡¡
Algunos envases vienen ahora con un código QR, método condenado al fracaso, sobre todo en personas de edad o poco hábiles con el móvil, y para quienes resulta cansadísimo eso de leer, y encima se les dispara su aprensión.
En fin, hay algunas soluciones, eso sí, algo peculiares. Como dejar abierta esa pestaña de la cajita, la que al abrirla no se topa con el prospecto. Sería una fácil profilaxis si se es persona nerviosilla. Otra sería archivar los prospectos de los medicamentos en uso, con un clip, una chincheta en el corcho de la cocina, o una carpeta transparente.
En todo caso, sería bueno, por tanto, disponer de una información escueta, fácil, y sin exageraciones. Poco más.
